Archive for the ‘economía’ Category

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Cuando el escenario de éxito es el fracaso

septiembre 27, 2011

Cada vez que los líderes de la Eurozona preparaban un nuevo plan de rescate a Grecia, las opiniones de los críticos se centraban en la reducida probabilidad de éxito de este. Es una valoración que he compartido: los sucesivos rescates no han sido más que parches que en ningún momento han dado sensación de tener la capacidad de solucionar los problemas fundamentales de la situación de Grecia y, de forma más general, de la zona Euro. La impresión general es que las respuestas a cada pánico se podían describir como “patear la lata”, si me permiten el anglicismo. Pero aunque “¿qué probabilidad de éxito hay?” es una pregunta importante, hay otra pregunta relevante que no ha recibido toda la atención que debería: se trata de “¿qué ocurre si el plan funciona?”.

Planteémonos el escenario en el que la estrategia funciona. Estamos en, pongamos, 2014 o 2015. La austeridad en Grecia ha funcionado en términos contables (con costes políticos y sociales mayores o menores), de modo que las finanzas públicas entran en superávit primario (aunque el déficit público total sea posiblemente positivo debido a los intereses sobre la deuda) y, posiblemente, el país alcance superávit comercial. La deuda comienza a estabilizarse (por utilizar algún término) en torno al 150% del PIB. ¿Soy el único que ve un problema muy grande aquí? Read the rest of this entry ?

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Privatización

septiembre 24, 2011

La forma fácil de ganar un debate es plantearlo en términos erróneos. Se trata de una solución trivial, especialmente cuando la alternativa al planteamiento tendencioso es recurrir a conceptos económicos que no son intuitivos a priori, que no están extendidos en la opinión general y que son complicados de transmitir en la barra del bar. Hoy, aprovechando que es tema de actualidad, vamos a analizar un ejemplo de debate mal planteado: el impacto de la privatización sobre las finanzas públicas y, en particular, de parte de Loterías y Apuestas del Estado.

Un argumento común es que se trata de “pan para hoy, hambre para mañana”: dado que estamos vendiendo (parte de) una fuente de ingresos, sigue el argumento, “a la larga” será peor para las cuentas del Estado, ya que los ingresos futuros se reducen. A primera vista, parece un argumento intuitivo y razonable. No obstante, cuando aplicamos los conceptos de valor presente y coste de oportunidad, emerge un panorama diferente. ¿Por qué? Básicamente, para cualquier evolución de los gastos públicos y del resto de los ingresos públicos, los ingresos procedentes de la venta son deuda pública que no tenemos que emitir. Y si se tratan de deuda pública que no tenemos que emitir, también se trata de intereses que no tenemos que pagar. En resumen, la comparación no debe hacerse entre el flujo de caja neto de la empresa y el valor de la venta, sino entre el flujo de caja neto de la empresa y lo que nos ahorraremos en intereses. De modo que, a priori, no hay motivo para asumir que una privatización, por el hecho de ser privatización, supone un deterioro de las finanzas públicas (por supuesto, como absolutamente toda interacción económica entre el Estado y el sector privado, es posible -puede ocurrir y ha ocurrido- que en la práctica suponga pérdidas para el contribuyente). Este punto de vista, proporciona, además, una explicación natural al hecho de que las privatizaciones sean más atractivas en épocas de tensión en el mercado de deuda pública (tiempos que, por desgracia, nos está tocando vivir): en un contexto en el que la demanda de deuda pública de países como el nuestro presenta marcadas inelasticidades, el “ahorro” producido por la venta produce más beneficios que en periodos de tranquilidad.

Por el mismo motivo, es posible sacar la conclusión simétrica: a priori, no hay motivo para asumir que una privatización tiene un impacto positivo sobre las finanzas públicas, es decir, no se trata de una operación de reducción de déficit (como explicaba Elena Salgado). En palabras de Citoyen:

Si uno piensa en la política fiscal desde esta óptica, uno llega a varias conclusiones curiosas. Por ejemplo, los ingresos derivados de las privatizaciones no son ingresos de verdad que afecten a la sostenibilidad fiscal; son solo ingeniería contable: uno sólo está amortizando pasivos (deuda) con la venta de activos (empresas). Naturalmente, esto aparece como una reducción del déficit y la deuda, pero es un mal reflejo del esfuerzo fiscal y de la sostenibilidad a medio plazo porque los gastos futuros (la deuda que habría que devolver) han cambiado tanto como los ingresos futuros (la posibilidad de privatizar en el futuro).

¿Cuál debe ser el planteamiento alternativo al financiero? ¿Es decir, cuándo podemos afirmar que es una buena idea privatizar? En términos generales, la decisión de qué actividades económicas (aparte de las de carácter redistributivo) debe llevar a cabo el Estado no se debe tomar pensando en si van a “hacer bulto” en las cuentas del Estado; en su lugar, debe de ser una elección que dependa de si el Estado es mejor o peor que el sector privado en un sector determinado o, de forma más general, de qué combinaciones de instituciones públicas, instituciones privadas, impuestos, subvenciones y regulaciones funcionan para cada problema económico, en cada tiempo y lugar. Se trata de una conclusión relativamente aséptica en términos ideológicos*, desde luego, y no es una idea con gran potencial para unir a las masas bajo una pancarta. Pero no debemos despreciar las humildes ideas aburridas, ya que en muchas ocasiones producen progreso de carácter más estable y duradero que las grandes ideas pretenciosas basadas en ornamentados cascarones retóricos, apelaciones a las emociones o a la “indignación”, y cantidades reducidas de datos, ecuaciones y sustancia gris en general.

* Aquí estoy abusando un poco de los teoremas fundamentales de la economía del bienestar, es cierto, y la existencia de limitaciones para estos resultados impide que podamos separar de forma limpia las consideraciones de eficiencia de las de justicia o equidad (o, en lenguaje de economista, separar los aspectos positivos de los normativos). Es decir, que no siempre (¿prácticamente nunca?) podemos aislar completamente las cuestiones “técnicas” de las ideológicas. Pero la idea no es negar completamente la intersección entre ambos aspectos del problema (lo que sería pernicioso, al igual que el extremo opuesto), sino advertir contra el exceso de signo contrario: el abuso del prisma ideológico en ocasiones en las que oscurece más que ilumina (hemos visto ejemplos a patadas a lo largo de la crisis). En resumen, que veo poco interés en debatir si la apuesta por el capital privado en la administración de la Quiniela o la enseñanza de la integración por partes se pueden considerar atentados contra el proletariado o no.

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Stiglitz sobre el comercio, el desarrollo y el desempleo

octubre 29, 2010

De una entrevista de 1997 en The Region:

ROLNICK: So while there may be different impacts between export policies and import policies, you’re essentially arguing for open trade and it’s not just in physical capital, it’s in ideas as well?

STIGLITZ: That’s right. But, it’s a very different argument from the traditional arguments for trade. There is a little bit of evidence that the gains from trade do not come from inter-sectoral reallocation of resources—the traditional economist’s view. The idea being that the gains from trade really come from these technology spillovers.

ROLNICK: This is the new literature that suggests there are gains to trade that we in the profession haven’t quantified yet.

STIGLITZ: And this enters very much into thinking about regional trade arrangements, what the gains and the costs and benefits that go beyond the traditional debate of trade diversion vs. trade creation. They address issues like: What will be the impact of this particular regional trade agreement on technology transfer?

ROLNICK: What about NAFTA [North American Free Trade Agreement]? NAFTA is one of the more recent regional trade agreements. There are still many critics of NAFTA. Where do you stand?

STIGLITZ: My general stand on regional trade agreements is that they need to be viewed as a step toward a more open international set of arrangements. They are intermediate steps. And as intermediate steps, they need to be evaluated not where they are but where they lead. So if an intermediate step blocks off the link to the final step, then it’s a step backwards. But if it’s really intermediate . . .

ROLNICK: Some have argued NAFTA was just that, an intermediate step that was going to lead to a full-blown North American free trade agreement and then eventually open up to the rest of the world. Is that a fair view?

STIGLITZ: That, I think, is a fair interpretation of what those of us who are optimistic about NAFTA believe. There have been some setbacks over the last couple of years. A lot of us hoped for fast track authority in Congress that would have facilitated Chile being brought into the free trade area. And, in a way, I wish the debate were on the issue of whether the best way of reaching the free trade area, embracing all of the Americas, was through fast track accession or a big bang agreement that would embrace everybody at the same time. That kind of debate would have made clear what the goal was and the best way of obtaining it. With some of the protectionist sentiment in Congress, one worries about whether we’ve lost sight of what the goal is. And the fact that there’s still much resistance to even a fast track for Chile suggests that the goal may not be in sight.

ROLNICK: One reason for this resistance is that when governments make new trade agreements there are going to be winners and losers. NAFTA attempted to take care of those that would lose. Has this attempt been successful?

STIGLITZ: Any change has winners and losers. New innovations have winners and losers. Our attitude toward opening up trade, which is like an innovation, should be like our attitude toward somebody discovering a super laser that makes the economy more productive.

ROLNICK: Well, that’s easy for an economist to say, but U.S. politicians have to worry about firms that have to compete with Mexican firms.

STIGLITZ: I agree. However, once you begin by bringing the issue of lost opportunities in our society, you can phrase a question like: How are we going to react to the automobile that threw the blacksmith out of work? Are we going to say we’re not going to allow the automobile? And from a historical perspective, do we think it was a mistake to allow the automobile? I think most of us probably think, aside from maybe being worried about pollution, that our society is much better off. Now the same argument goes for opening up trade. We’re going to be better off. But, just like the blacksmiths were hurt, opening up trade leads to some people being hurt. It really is basically the same principle. Innovations that make our society more productive have mostly winners but some losers. And as a society it is incumbent upon us to ease the transition of those who are hurt. And that principle was encompassed in NAFTA, and it’s one of the things that we need to continue to focus on.

ROLNICK: Some argue that we should only negotiate free trade agreements when we’re at full employment. Do you agree?

STIGLITZ: No. My view is that good macro-economic policy overall is the most important part of a jobs program. You’ve got good macro-economic policy. You’ve got the unemployment rate under 5 percent without inflationary pressure. Whatever the cause of unemployment, whether it’s new technology or new trade, people have to move from one job to another. And so, some of this issue I think is a red herring. I think we ought to have job transition programs, period. And the cost of the programs, if we have our economy running at full employment, is not going to be that great. People don’t want to spend a lot of time in a training program when they could be out in the labor force. So, I’m not worried about the overall cost. When the economy has ups and downs, the cost will go up a little bit, but that’s again not bad. People are training for where the economy goes.

Más sobre regulación bancaria, la unión monetaria europea y ciclos económicos en la entrevista completa.

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De bancos, deuda pública y chollos inexistentes

marzo 30, 2010

Un comentario que se oye de vez en cuando es «si les estamos prestando dinero a los bancos al 1% y ellos lo invierten en deuda pública, donde el Estado paga (pagamos) un 4% [el número varía con el tiempo], ¿entonces no están ganando dinero gratis los bancos a nuestra costa?». La respuesta corta es “No”. La respuesta larga es “Tampoco”. ¿Por qué? Porque quien afirma esto normalmente no sabe que esos dos tipos de interés son a diferente plazo (además de otros errores), lo que hace que no se puedan comparar como lo está haciendo y porque, cuando se utilizan tipos de interés al mismo plazo, el “chollo” desaparece. Ese 1% es un tipo de interés a corto plazo, mientras que ese 4% (o la cifra que sea) es a largo plazo. Os presento a la yield curve en este momento:

Curvas para tres países

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Gary Gorton y el retorno del pánico bancario

marzo 7, 2010

Probablemente, todos llevaréis ya varios meses saturados de explicaciones, reflexiones, debates y broncas sobre el Gran Pollo Financiero Global. En ese caso, os recomiendo ignorar esta entrada y esperar tiempos mejores; de lo contrario, hago notar que el Q&A (enlace) que Gorton y Clark de Yale han preparado para la FCIC proporciona la perspectiva que se echa en falta en muchas narrativas de la crisis financiera (que no económica). El artículo se basa, sobre todo, en los trabajos del propio Gary Gorton junto con Andrew Metrick (1, 2, 3, 4), que Bernanke declaraba lectura recomendada (1, 2) y Krugman citaba para apoyar la aplicación de algún tipo de “tasa Tobin” (aunque no veo tan clara la conexión). Me puse a leerlo tras las recomendaciones de Cowen y Fernández-Villaverde, tras lo que decidí escribir este resumen/introducción/whatever_con_dibujitos:

1. El pánico bancario tradicional

Muchos conoceréis ya los fundamentos básicos del ‘bank run’ o ‘pánico bancario’: una situación muy común en el pasado en la que las propias expectativas de que un banco puede quebrar incentivan a los depositantes a retirar su dinero para mantenerlo a salvo, causando la propia quiebra del banco. No obstante, procedo a repasar el mecanismo por el que el ‘bank run’ se propaga porque va a ser muy relevante para la explicación de Gorton.

El balance de un banco tiene un aspecto así. El activo son los artilugios que generan dinero, y el pasivo indica el origen de los fondos que se han usado para adquirir esos activos. El banco obtiene el dinero que generan esos activos y, tras descontar sus gastos de operación, salarios, alquileres, impuestos, bonuses… lo reparte entre quienes han puesto los fondos: los depositantes (que reciben intereses) y los accionistas (que reciben dividendos). Si los hubiera, también pagaría a otras entidades financieras que prestaran fondos al banco:

Balance y cuenta de resultados (desordenada) del banco

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Cap-and-trade: una defensa a nivel galáctico

noviembre 14, 2009

Recientemente vi en Menéame una noticia acerca de la compra de derechos de emisión de CO2 a Polonia por parte de España. Dejando aparte los muchos matices del hecho, me sorprendió el cabreo de muchos comentaristas con la noticia o el sistema de permisos comerciables, que se ha calificado en ese hilo de “gastar dinero en ¡aire!”, “un engaño y una burla a los ciudadanos” (sí, yo tampoco le encuentro sentido, no pregunten), “un cachondeo”, “vender humo”, “Pa mear y no echar gota”, “pa flipar”, o “como si cometes un delito y le pagas a otro para que se declare culpable y no ir tu [sic] a la carcel [sic]”. No contento con la solución general de este desfile de barbaridades, decidí atrincherarme en mi silla giratoria armado con Inkscapes y KolourPaints para articular esta réplica.

En un sistema de derechos comerciables (también conocido por cap-and-trade, su nombre inglés), como el que emplea la Unión Europea o el que introduce la ley Waxman – Markey en EEUU, se limita la cantidad de CO2 (u otro agente contamiente) emitido repartiendo o vendiendo una serie de “licencias para contaminar” que pueden ser vendidas de nuevo. De este modo, se puede reducir las emisiones al ritmo deseado limitando las licencias en circulación, mientras se aprovechan las ganancias de eficiencia debidas al comercio. De hecho, el mecanismo por el que el comercio de emisiones beneficia tanto al vendedor como al comprador es análogo al modelo #1 del comercio internacional, la ventaja comparativa ricardiana. Read the rest of this entry ?