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La paradoja del cinismo

julio 11, 2011

Cuando una empresa lleva a cabo un acto benéfico (y especialmente cuando lo publicita), el ciudadano puede adoptar una de dos actitudes, a grandes rasgos: una “ingenua”, confiando en las buenas intenciones de dicha empresa (también conocidas como “RSC”), o una “cínica”, valorando el acto como de carácter propagandístico para lavar la imagen corporativa. A los defensores de la economía neoclásica en versión primero de carrera, Introducción a la Microeconomía, Capítulo 1 nos está vedada la primera de ellas, ya que resultaría poco estético ir enseñando los libros de texto por la página en la que se modela la empresa como un ente que “maximiza beneficios” y a continuación atribuir a la empresa intereses diferentes del puramente monetario. En cualquier caso, en lo que prosigue nos pondremos las lentes de la actitud cínica, al margen de lo que piense (o no) el lector al respecto.

Desde esta nueva (o no) perspectiva, procedamos a reflexionar sobre las interacciones entre ambas actitudes. Pensemos en un mundo en el que todos los consumidores tienen una actitud ingenua: en este caso, ser “socialmente responsable” es rentable desde el punto de vista empresarial (o, al menos, tan rentable como muchas formas de publicidad), ya que mejora la imagen de la empresa y eso ayuda a aumentar la facturación. En este mundo, por lo tanto, las empresas llevarán a cabo alguna cantidad de actos benéficos. Pensemos ahora en el mundo opuesto, una realidad alternativa donde todos los consumidores son más cínicos que House: en este mundo, es completamente inútil desde el punto de vista monetario colaborar con la Cruz Roja o luchar contra la deforestación, ya que los consumidores sabrán que se trata de una maniobra de mercadotecnia (y con este término cubro mi cuota diaria de fingida oposición contra el imperialismo lingüístico) y (no) actuarán en consecuencia. En este escenario, las empresas pasarán completamente de estos rollos de la responsabilidad social corporativa, o como queramos llamarlo, y volverán a sus tareas habituales de contar pesetas y almorzar infantes.

El lector audaz me habrá visto venir desde el comienzo del párrafo anterior, pero en este blog somos demócratas e igualitaristas, así que lo terminaré de concluir para quienes tienen la desgracia de ser más tontos que las piedras: si la realidad es como la conciben los cínicos, cuanta más gente crea que la “responsabilidad social” empresarial es verdadera, más “responsabilidad social” mostrarán las empresas: como el mundo del cuento de Ende, se trata de un fenómeno que existe sólo en la medida en que creemos en él, y que muere cuando dejamos de hacerlo.

La paradoja del cinismo es, en resumen, otro ejemplo más del conflicto entre verdad y felicidad, entre lo cierto y lo conveniente. La sociedad no es en esto diferente de los individuos: al igual que estos, en muchas ocasiones le conviene creer en cosas que no son ciertas, como los Reyes Magos. Y no, no estoy pensando en el programa de Rubalcaba. Bueno, quizás un poquito sí, eh.

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4 comentarios

  1. También existe el perfil de consumidor cínico que valora fríamente esos actos supuestamente benéficos.

    Imaginemos que tenemos dos empresas que nos ofrecen sendos productos de características idénticas y al mismo precio. Aplicando la teoría de juegos deberemos consumir siempre el producto de la empresa que más actos “beneficos” realice (o que tengan más posibilidades de beneficiarnos directa o indirectamente), puesto que nuestro dinero servirá para continuar financiando estos actos.

    Es complicado calcular el valor añadido de un acto benéfico, sobre todo si no te afecta directamente, pero debería tenerse en cuenta en la elección.


    • Se trataría de un consumidor que piensa como el “cínico”, pero actúa como el “ingenuo”. Para efectos prácticos, actuaría de forma parecida al ingenuo, en este ejemplo simplificado.

      Este comentario, por cierto, me ha recordado en qué estaba pensando originalmente cuando me empezó a rondar esta idea en la cabeza: la teoría del boicot, que en el fondo es la imagen del espejo de todo esto. Se ve claramente cambiando “benéfico” por “maléfico” y “consumir siempre” por “no consumir nunca”.


  2. Acusar a tus lectores de ser más tontos que las piedras también conduce a una paradoja en la que, aquellos que se dan por aludidos, acaban por dejar de seguir tu blog y solo quedamos los guays, con lo que el vocativo, finalmente, no interpela a nadie.


    • Dividir a mis lectores en una pluralidad de grupos, a su vez compuestos de varios lectores, en plural (ya que la RAE define el grupo como una “pluralidad”) me permite mantener la ilusión de que son más numerosos de lo que en realidad son. De nuevo, otro conflicto entre lo verdadero y lo que queremos creer.



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