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Emisarios del mañana

diciembre 5, 2009

Una preocupante disposición en la Ley de Economía Sostenible ha desatado una revolución de dimensiones inéditas desde el nombramiento de Ángeles González-Sinde como ministra de Cultura. Conforman su vanguardia revolucionaria un grupo de blogueros de élite, expertos en Internet y en todo lo que se tercie, que han utilizado Google Wave para elaborar sus 95 10 tesis que, según el texto, declaran (declaramos), “los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de Internet”.

Al principio tenía mis dudas sobre si era apropiado que se atribuyeran “la voz de Internet” (que, al igual que la voz “divina”, la del “ciudadano” y la del “usuario medio”, tiene la curiosa costumbre de coincidir en opinión con su intérprete) unos fulanos de los que se desconoce quién les ha votado, elegido o seleccionado para representar a “los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de Internet”; tal vez, reflexioné, proceda su legitimidad de lo mucho que se elogian mutuamente y se dan la razón los unos a los otros. No obstante, en un momento lúcido hallé la respuesta: si pueden saber lo que todos “los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de Internet” opinan sin que los susodichos hayan firmado nada, entonces se merecen todos esos galones y muchos más: si se les ha concedido el don de la omnisciencia, no seré yo quien les deniegue el rango de portavoces de los intarwebs.

Lógicamente, el Ministerio no tardó en reconocer su portentoso talento y, en consecuencia, orquestó una breve reunión con los distinguidos embajadores de Internet. Si ya dejaban patente su amplia experiencia y conocimiento de Internet al aprovechar una novedosa herramienta colaborativa para confeccionar su texto, en la reunión pudieron demostrarlo con contundencia: mientras debatían con la ministra y sus asesores, eran capaces de retransmitir el encuentro en tiempo real por un popular sistema de microblogging mediante sus respectivos gadgets, para regocijo de “los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de Internet”. Los asesores de la ministra quedarían seguramente impresionados ante tal despliegue de vanguardismo tecnológico: sin duda, pensarían, estamos frente a auténticos visionarios, profetas de la era digital. A mí, desde luego, me extraña que el grupo de la ministra no haya cedido ya ante tal manifestación de su vasta sabiduría.

No obstante, considerar que sus intereses se limitan a las últimas filigranas tecnológicas, a las fronteras de la innovación, sería subestimarlos demasiado. Estamos hablando de analistas que van más allá de los mundanales logros ingenieriles: sus diagnósticos no sólo surcan las procelosas aguas interblogocósicas, sino que incluyen complejas reflexiones culturales y económicas, que aportan nuevos enfoques filosóficos a la ética y a la política, como ilustra su desarrollo del concepto de “derecho de acceso a la cultura a través de Internet”. En su pensamiento, lo tecnológico pasa de ser un fin en sí a ser una herramienta para transformar el mundo, un lugar donde los derechos y libertades adquieren una nueva dimensión.

Un lector escéptico puede dudar de la veracidad tales afirmaciones, así que citaré el texto para intentar convencerle:

La nueva legislación propuesta amenaza a los nuevos creadores y entorpece la creación cultural. Con Internet y los sucesivos avances tecnológicos se ha democratizado extraordinariamente la creación y emisión de contenidos de todo tipo, que ya no provienen prevalentemente de las industrias culturales tradicionales, sino de multitud de fuentes diferentes.

Aquí, los autores no sólo identifican un latente cambio kuhniano de paradigma, sino que consiguen ver más allá de las consecuencias inmediatas de la Ley de Economía Sostenible para inferir que esta pieza de legislación va a interferir con dicho cambio al bloquear los “nuevos modelos democráticos de creación y emisión de contenidos”. Es una reflexión brillante porque la relación no es evidente: a nadie se le hubiera ocurrido deducir que la creación de un órgano administrativo con la capacidad de cerrar webs delictivas sin autorización judicial fuera a dañar a los “nuevos modelos democráticos”. A primera vista, incluso pudiera parecer que les beneficia al bloquear la difusión de las obras producidas bajo “antiguos modelos totalitarios”; sin embargo, esto es totalmente erróneo. Leídos suficientes puntos del manifiesto, es imposible que a nadie le queden dudas: como señalan los autores, la nueva pieza de legislación supone un durísimo golpe a los incipientes “nuevos modelos democráticos de creación y emisión de contenidos”. Negarlo es negar los derechos fundamentales en Internet.

Los autores, como todos los trabajadores, tienen derecho a vivir de su trabajo con nuevas ideas creativas, modelos de negocio y actividades asociadas a sus creaciones. Intentar sostener con cambios legislativos a una industria obsoleta que no sabe adaptarse a este nuevo entorno no es ni justo ni realista. Si su modelo de negocio se basaba en el control de las copias de las obras y en Internet no es posible sin vulnerar derechos fundamentales, deberían buscar otro modelo.

El lector debe paladear la perspectiva futurista del manifiesto. Por ejemplo, destaco que el derecho a vivir del trabajo propio depende ahora de las “nuevas ideas creativas, modelos de negocio y actividades”, adquiriendo un nuevo significativo en la Era Digital. El vínculo entre la ética, la economía y la innovación es claro: las primeras no son nada sin la última. Existir es innovar, pensar es innovar, tener derechos es innovar; ya no se pueden concebir estos conceptos de forma separada: de esta manera, con la innovación es posible superar lo imposible (“Si su modelo de negocio […] no es posible sin vulnerar derechos fundamentales, deberían buscar otro modelo”). Es una velada reivindicación de Heráclito que muchos (los trabajadores de la “industria obsoleta” entre ellos) no sabrán apreciar.

Consideramos que las industrias culturales necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles y que se adecuen a los nuevos usos sociales, en lugar de limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen perseguir.

De nuevo, la supervivencia se basa en la innovación, que debe conseguir adaptar esas “nuevas ideas creativas, modelos de negocio y actividades” a la sociedad digital. Su tardanza en hacerlo es la demostración fehaciente de que nuestros héroes del manifiesto se han adelantado a su tiempo: a pesar de que la iniciativa privada es uno de los pilares de nuestra sociedad, los firmantes impulsores del texto no han podido aprovechar sus conocimientos para poner en marcha las innovadoras industrias que traigan los “nuevos modelos democráticos de creación y emisión de contenidos”. El hecho de que una industria como la financiera, que en la última década se ha caracterizado por la innovación (al crear todo tipo de derivados financieros y extender su uso) y que ha levantado todo tipo de compañías de hardware, software y vaporware, no haya podido financiar sus prometedores proyectos da una idea de su grado de vanguardismo. Mientras tanto, los numerosos planes (que, sin duda, idean incesantemente) de estos “investigadores de los Sistemas y Tecnologías de la Información” acumulan polvo en sus mesillas a la espera de un inversor suficientemente futurista.

Ni siquiera sus propios seguidores son capaces de seguir su vertiginoso ritmo de pensamiento. Sólo ello explica que, fuera de su tecnológico e innovador hábitat natural de Internet, la magnitud de la revolución haya sido similar a la del parto de los montes.

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2 comentarios

  1. […] Del comportamiento de la cancamusa, los emisarios del mañana y sus manifiestos […]


  2. Buena lectura, un punto de vista diferente.
    Por como atacas a los que se reunieron con la menestra, parece que tengas envidia de no estar invitado.
    A mi no me pareceria mal que cerraran webs que cometieran algun delito, pero creo que a dia de hoy las webs de enlaces no lo cometen, por lo que solo se busca pasar por encima de los jueces y ventilarse lo que moleste a la industria del aburrimiento.



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